Ausência
(...)Comenzaré este trayecto por la obra que, tal vez, resulte menos paradigmática de su
trabajo: un paisaje en la noche donde se advierte una pequeña casa cimbreante y
movida, con un grano que deshace la imagen y una luz que funciona a modo de
vestigio, de mancha pictórica de la imagen. La densidad de la fotografía, contrasta con
trabajos anteriores de la artista; la forma de conducir el misterio también.
(...)Una mirada atenta, delata que la imagen fue tomada desde fuera de la casa, cerca
del árbol que con su sombra monumental ahoga la poca luz que sobrevive en la noche.
El tiempo permite descubrir que la toma se corresponde con la casa de enfrente,
posiblemente otra casa solitaria que esconde otra vida, otro sabor incógnito.
En todo caso, la casa primera -esa que con otras miradas conseguimos entrar- marca
nuestra mirada, aunque se muestre como protagonista ausente intuimos su presencia
cercana, casi a modo de aliento, de presencia humana. En otras palabras, diría que el
paisaje en Rita Magalhaes funciona como retrato más que como paisaje, como memoria
descansada. Cada lugar retratado esconde una ausencia, dibuja soledades nostálgicas
que debemos reconstruir según nuestras propias vivencias e inquietudes. Qué es lo que
sucedió lo desconocemos, pero para nuestra artista todo tiene un poso, un valor
acumulado, perdido y tamizado por el paso del tiempo. La vida convertida en recuerdo
nos llega a cuentagotas, con desconchones y lagunas como si se tratase de un apacible
sueño.
En sus últimos trabajos podemos advertir como su pincelada fotográfica se torna más
densa y espesa, más vibrante, (...)la intención de Rita Magalhaes nunca es la de ver lo
que vemos, sino intentar buscar lo que no vemos, lo que no está.
(...)Rita Magalhaes en sus paisajes semeja querer ir más allá de esa opaca cortina que
es la noche que espera su momento, teñida de azul, casi virgen. Así, esa realidad
paisajista individualiza los motivos al confundir en un ‘todo’ lo demás, como si
corriésemos un suave velo a modo de caricia. La atmósfera fría y azulada, la soledad
nostálgica de quien, suponemos, observa -que no somos sino nosotros mismos- y ese
resquicio de vida que vemos en los marcos de la ventana o simplemente intuimos desde
la realidad prieta, conducen al citado Friedrich y su intención de que las cosas se
expresen con más fuerza mediante su ausencia. El drama es convocado por cada falta,
por el sentimiento de un virtual espectador que ha de concluir. Por eso las obras de Rita
Magalhaes guardan ese aire intemporal y, en muchos casos, indefinido.
En todas las series de esta artista tenemos la sensación de estar fuera del tiempo, de
estar sumidos en un viaje sin salir de casa, de esos imaginados tras el cristal lluvioso.
Siempre a partir de un cierto halo de melancolía, de mirada íntima, errante,
fragmentaria. Rita Magalhaes nos miente al simular detener el tiempo, incluso, al
demorarlo o retrasarlo, y nosotros -sabedores de que éste nunca se detiene- aceptamos
su juego y asumimos eterno lo fugaz. Por eso no está entre sus pretensiones el decirlo
todo sino en descubrir o hacer visible un enigma a la manera de fotógrafos como Sudek,
y por eso, cada vez más, su fotografía se torna vaporosa y desmaterializada en luces y
formas. Esa suerte de desasosiego se traduce también en un gusto por lo esquemático
y por el esbozo, por el trazo mínimo, por el gesto del dibujo. Lo descriptivo agoniza y la
luz amenaza con convertirse en sombra o en ceguera.
(...)En cierto modo, todo lo anunciado deviene en una obra más silenciosa, pero
también en una obra más abierta a posibles interpretaciones. La figura de su modelo,
poco a poco, pierde presencia física y los motivos se reducen. Las líneas se derriten y
no definen, la luz y el reflejo cobran protagonismo y la imagen, más indirecta, se
adelgaza hasta la levedad más pura de una camisa que transparenta un cuerpo que ya
no es cuerpo sino deseo desdibujado.
David Barro